Estás cenando y de pronto la mano deja de responder: el tenedor se cae, intentas decir algo y las palabras salen enredadas. O notas que un ojo se queda a oscuras unos segundos, como si alguien bajara una persiana negra. Dura cinco minutos, quizá diez, y todo vuelve a la normalidad. Tan a la normalidad que la reacción más habitual es quitarle importancia: habrá sido un mareo, el cansancio, la tensión. Y ahí está el problema, porque ese episodio que se pasa solo tiene nombre, se llama ataque isquémico transitorio, y es una de las urgencias neurológicas más infravaloradas que existen.
En neuromed.es escuchamos con frecuencia episodios así contados semanas o meses después, casi de pasada, al final de la consulta: «un día se me durmió medio cuerpo, pero se me pasó». Y la explicación que damos es siempre la misma: eso que se pasó solo era, con mucha probabilidad, un aviso. Los avisos del cerebro no se archivan, se estudian.
Qué es un ataque isquémico transitorio
Un ataque isquémico transitorio, o AIT, es un episodio en el que una zona del cerebro se queda sin riego sanguíneo durante unos minutos. La causa suele ser un pequeño coágulo o el estrechamiento de una arteria que interrumpe el flujo el tiempo justo para producir síntomas, y que después se deshace antes de dejar una lesión permanente. Por eso los síntomas desaparecen: el tejido cerebral sufrió, pero no llegó a morir.
La diferencia con un ictus establecido no está en el tipo de síntomas, que son los mismos, sino en la duración y en el daño final. La mayoría de los AIT duran menos de una hora, y muchos menos de diez minutos. Esa brevedad es precisamente lo que engaña: como todo vuelve a funcionar, el cuerpo manda el mensaje de que no ha pasado nada. Ha pasado. La arteria que se obstruyó sigue ahí, y el mecanismo que formó el coágulo, también.
Cómo se reconoce: dura minutos, pero es inconfundible
Los síntomas de un AIT aparecen de golpe, en segundos, y afectan normalmente a un solo lado del cuerpo. Los más frecuentes son estos:
- Pérdida de fuerza o torpeza en un brazo, una pierna o media cara. Se cae un objeto de la mano, la pierna no sostiene el peso, la comisura de la boca se desvía.
- Dificultad para hablar. Las palabras salen arrastradas, cambiadas de sitio, o directamente no salen aunque sepas perfectamente qué quieres decir.
- Pérdida de visión de un ojo o de una parte del campo visual, con esa sensación tan característica de que baja un telón negro.
- Adormecimiento brusco de medio cuerpo: la mitad de la cara, un brazo y una pierna del mismo lado.
- Inestabilidad intensa y repentina, con dificultad para coordinar los movimientos o caminar en línea recta.
Fíjate en los dos rasgos que se repiten: la instauración brusca y la afectación de un solo lado. Un hormigueo en manos y pies que va y viene desde hace meses y afecta a los dos lados apunta a otro tipo de problema, habitualmente de los nervios periféricos. Un adormecimiento que aparece de repente en medio cuerpo y desaparece a los diez minutos apunta a un AIT mientras no se demuestre lo contrario.
¿Y si ya se me ha pasado? La regla no cambia
La recomendación es la misma aunque los síntomas hayan desaparecido por completo: un episodio compatible con un AIT es motivo de valoración urgente, el mismo día. No es una exageración, es la ventana de tiempo en la que más se puede hacer.
Por qué es una urgencia aunque ya te encuentres bien
Este es el dato que lo cambia todo: tras un AIT, el riesgo de sufrir un ictus establecido es máximo en las primeras 48 horas y se mantiene elevado durante los tres meses siguientes. Aproximadamente una de cada diez personas que sufren un AIT presentará un ictus en los 90 días posteriores, y cerca de la mitad de esos ictus ocurren en los dos primeros días. Es la razón por la que entidades como la Sociedad Española de Neurología insisten en tratarlo como lo que es: una urgencia.
Visto al revés, esa cifra es una oportunidad. El AIT es de las pocas ocasiones en que el cerebro avisa antes de un ictus, y estudiar el episodio a tiempo para iniciar el tratamiento adecuado reduce de forma muy importante ese riesgo. Un ictus establecido puede dejar secuelas para toda la vida; el aviso que llega antes, bien aprovechado, puede evitarlo.
Con qué se confunde un AIT
No todo episodio brusco y pasajero es un ataque isquémico transitorio, y distinguirlos es trabajo de la consulta de neurología. Los cuadros que más se le parecen son estos:
- El aura de la migraña. También produce síntomas visuales o sensitivos que se resuelven solos, pero se instaura de forma progresiva, en 20 o 30 minutos, con luces o líneas en zigzag que se desplazan, y suele seguirse de dolor de cabeza.
- Un vértigo periférico. El vértigo aislado, sin ningún otro síntoma neurológico acompañante, rara vez corresponde a un AIT. Si la sensación de giro es tu problema principal, te interesa conocer la diferencia entre mareo y vértigo, porque orienta el origen del cuadro.
- Una bajada de azúcar o de tensión. Puede provocar visión borrosa, debilidad y confusión, pero de forma global, en todo el cuerpo, no en una mitad.
Hay un cuarto cuadro que merece mención aparte: despertarse con media cara dormida o caída. Cuando la debilidad afecta solo a la cara, incluida la frente, y no hay ningún otro síntoma, lo más probable es una parálisis facial periférica, que tiene otro origen y otro pronóstico. Aun así, esa distinción debe hacerla un médico con el paciente delante, no la familia en el salón de casa.
Qué estudiamos cuando el episodio ya ha pasado
Que los síntomas hayan desaparecido no significa que no haya nada que ver. El estudio de un AIT persigue dos objetivos: confirmar que el episodio fue de origen vascular y, sobre todo, encontrar la causa para tratarla antes de que se repita con peores consecuencias. Las pruebas habituales son estas:
- Imagen cerebral, normalmente una resonancia magnética, para comprobar si quedó alguna lesión, por pequeña que sea.
- Estudio de las arterias del cuello y del cerebro mediante ecografía doppler o angiografía por imagen, en busca de estrechamientos o placas de ateroma.
- Estudio del corazón, con electrocardiograma y, en muchos casos, un registro prolongado del ritmo cardiaco. La fibrilación auricular es una de las causas más frecuentes de coágulos que viajan al cerebro y puede pasar completamente desapercibida.
- Analítica completa, con glucosa, colesterol y estudio de coagulación.
Con los resultados se decide el tratamiento preventivo: antiagregantes o anticoagulantes según la causa, control estricto de la tensión arterial y del colesterol y, en casos concretos de estrechamiento importante de la arteria carótida, una intervención sobre la propia arteria.
El ictus que viene detrás se puede evitar
La mayoría de los factores que provocan un AIT son tratables: la hipertensión, el colesterol elevado, la diabetes, el tabaco, la fibrilación auricular y el sedentarismo explican la mayor parte de los casos. Ninguno de ellos avisa por sí mismo, y por eso el episodio transitorio tiene tanto valor: pone sobre la mesa un problema que llevaba tiempo gestándose en silencio y que, identificado a tiempo, se puede controlar.
Si has vivido un episodio como los que describimos, aunque fuera hace semanas y no haya vuelto a repetirse, no lo dejes en la lista de anécdotas. En Neuromed estudiamos este tipo de episodios de forma preferente, con las pruebas necesarias y un plan de prevención a la medida de cada persona. Pide tu cita y salgamos de dudas: pocas consultas de neurología aportan tanto como la que se hace después de un aviso.